Reflexión clase 15 de junio de 2019
“Todos somos responsables”
Hola de nuevo amigos
lectores, recién ha terminado mi segunda clase de “motivación en el aula” y
pues… ¿qué puedo decirles? Tengo sentimientos encontrados, pero antes quisiera
dejar en claro dos conceptos que serán el punto medular de mi reflexión respecto
a los temas tratados durante la sesión.
Empecemos por
distinguir la diferencia entre el fracaso educativo y el fracaso escolar, ya
que no son lo mismo.
El fracaso educativo
ocurre cuando el sistema educativo no logra dotar a los individuos de las
competencias que éstos requieren para desenvolverse funcionalmente dentro de
una sociedad, y en éste se ven involucrados diversos factores como las
políticas educativas, cuestiones de infraestructura, financiamiento y
cobertura, diseños curriculares insuficientes, aspectos sociales y culturales,
etc. Por otro lado, el fracaso escolar se presenta en aquel estudiante que no
logra aprobar un curso, obtener un título o que abandona la escuela.
Como docente he
tenido en mis grupos a más de un estudiante que ha fracasado escolarmente,
generalmente termina siendo dado de baja por no aprobar asignaturas como
matemáticas o química (después de 12 intentos, ¡sí, 12!) y otros por cuestiones
de indisciplina. Es en este punto donde aparece el primer sentimiento ¡les he
fallado! Y quisiera descubrir en qué punto hice o no hice algo que coadyuvó a
ese resultado, porque fui tutora de algunos de ellos, me preocupa no enterarme
a tiempo ya que no serán los únicos alumnos que tendré en esta situación,
quisiera darme cuenta para hacer algo que posiblemente cambie el resultado, tal
vez para quitarme de encima un poco de esa culpa.
Por otro lado, me
alivio un instante al pensar que si bien es cierto que habemos maestros que
estamos ahí para escuchar, para apoyar, para dar ánimos y segundas
oportunidades, es, a fin de cuentas, el alumno (a) quien decide qué hacer con
esa oportunidad, con ese apoyo que yo y muchos docentes les proporcionamos en
momentos determinantes de su vida escolar, como puede ser un extraordinario, la
pérdida de alguien importante, una mala nota a pesar de un trabajo bien hecho,
rupturas con la pareja o las amistades, situaciones de acoso, etc.
Es entonces cuando
aparece otro sentir, ¡la culpa no solo es mía, yo he hecho mi parte! ¿qué hay
de su familia? ¿de sus amistades? ¿de las otras personas que forman parte de su
vida? ¡Es una responsabilidad compartida! Antes de que se generará la baja de
un estudiante siempre busqué ese espacio para hablar con mis alumnos e incluso
se dieron casos en los que se citó a los padres de familia y solo con platicar
con ellos unos minutos podía comprender por qué el joven se hallaba en esa
situación: Padres y madres demasiado ocupados para dedicar tiempo a sus hijos,
pegados al celular porque dejaron pendientes para poder asistir a la reunión,
regañándoles y recriminándoles sus faltas sin permitirles hablar, padres y
madres que no quieren asumir su responsabilidad en las carencias educativas,
afectivas y emocionales de sus hijos, que solo exigen y castigan, pero no
ofrecen apoyo, ni establecen compromisos para “salvar el semestre” juntos.
Ante esto, me
preocupo y me siento sola en la tarea de acompañar a mis alumnos en su camino para
que el día de mañana puedan desenvolverse funcionalmente y sin problemas es
esta sociedad que cada día es más compleja y diversa. A pesar de ello, me
aferro al refrán “la esperanza es lo último que muere” y confío en que a través
del buen ejemplo y de las experiencias de aprendizaje conjuntas puedo
contribuir a prevenir el fracaso escolar o en caso de ocurrir porque no
lograron cubrir los requisitos y especificaciones del sistema educativo
mexicano aún tengan la oportunidad de un futuro próspero gracias a que me
enfoqué en sus talentos en otras áreas, a que dediqué tiempo para fortalecer la
práctica de sus valores, porque les di el espacio para compartir lo que
disfrutan, sus sueños, sus ideales, porque los acompañé en sus triunfos y sus
duelos, porque los escuché y los reconocí como seres dignos y valiosos, pero sobre
todo porque nunca permití que se sintieran fracasados, por el contrario hice lo
que estuvo en mis manos para que siempre se sintieran capaces.
Pienso que de seguir
bajo esa línea, el fracaso educativo se podría ver mermado, pues el ámbito
escolar es solo una parte de éste y sin embargo, las experiencias que los
docentes ofrecen a sus alumnos en las aulas son de gran influencia en la
determinación que niños y jóvenes tendrán para aferrarse al éxito o al fracaso,
incluso las ideas que les vendemos en la escuela de lo que estas palabras
significan tienen mucho peso para lo que deseamos que cada individuo represente
como miembro activo de la sociedad, es decir, que al final de su vida y a pesar
de los fracasos (en cualquier ámbito) logren formarse un buen porvenir y ser
ejemplares en todos los aspectos o que terminen siendo deformados a nivel
personal, moral y social, aptos para ser convenientemente manipulados…
¡Conciencia ante cada
acto y cada palabra en el aula, recuerden que TODOS SOMOS RESPONSABLES!
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